viernes, 8 de febrero de 2013

La Sagra

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Años después vuelvo aquí, tras un año ausente en el que la pequeña tradición de buscar su cumbre cada invierno ha quedado rota. Llevaba ya tiempo esperando a que las condiciones fueran buenas, a que el invierno quisiera vestir de gala cada una de sus laderas para disfrutar de esta cumbre solitaria. Es curioso verla desde la lejanía solitaria mientras te acercas en el coche tratando de escudriñar cuanta nieve hay, como estará y si, nos recibirá tan airada su cumbre como acostumbra.
Hoy la impaciencia nos ha hecho llegar con las primeras luces del día desando empezar a subir lo antes posible, pero ver como los primeros rayos de sol empiezan a mostrar cada recodo de la montaña cubierto de blanco hace que el tiempo se detenga y ya nada de este mundo importe. 
Comenzamos a subir cuando todos los que nos tildan de locos despiertan, esos que ven una locura levantarse a las 4 de la mañana para buscar la cumbre de una montaña. ¿Y quien dice que yo busque la cumbre de esta montaña? No es la más alta, no es la más difícil, ni la más dura... Pero tiene algo especial que hace que cada año vuelva, porque simplemente hace que esté un poco más cerca de mi mismo, la búsqueda de nuestros límites hace que  con cada reto que emprendemos nos conozcamos un poco más. Con cada paso que damos nos acercamos más a la cumbre buscando una ruta que, a pesar de haber subido tantas veces, todavía no hemos hecho ninguno de los siete que forma el grupo y la curiosidad por encontrar la ruta y descubrir lo que nos depara unos metros más adelante nos motiva.
Buscamos los canales que se forman entre el muro de roca que nos impide el paso buscando la parte más débil de esta cara que nos lleva directamente hasta la cumbre (si nuestros cálculos no nos fallan) que está justo encima de nuestras cabezas. Ahora ya nada importa: Ni los políticos, ni la corrupción, ni el trabajo... Mi respiración y los latidos de mi corazón acelerado por la emoción de estar donde más me gusta le ponen la banda sonora a esta ruta mientras que mis ojos y mi mente se concentran en el próximo golpe de piolet para buscar la tracción necesaria de seguir subiendo.
Llegamos a la cumbre y vislumbramos todo el camino que hemos recorrido hasta aquí. Un abrazo, una foto y caras alegres que nos delatan. Somos unos malditos yonkis de la montaña.

1 comentario:

rosquilleta dijo...

que viva la droga montañera...

Que nos hagamos olvidar de todo, que subas por ti mismo, que no necesites nada más... tantas sensaciones que nos compensan ese sufrimiento.

Fantásticamente narrado.

Un cálido abrazo